Danza en la Liturgia[1]

Congregación  para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (1975)

 La Danza Religiosa, una Expresión de Alegría Espiritual

La danza puede ser un arte: una síntesis de las artes medidas (música y poesía) y las artes espaciales (arquitectura, escultura, pintura). Como arte que, por medio del cuerpo, expresa sentimientos humanos, la danza está especialmente adaptada para que signifique alegría.

Así, entre los místicos, encontramos intervalos de danza como expresión de la plenitud de su amor a Dios. Recuerden los casos de S. Teresa de Ávila, S. Felipe Neri, S. Gerardo Mayela. Cuando el Doctor Angélico deseó representar el paraíso, lo representó como una danza ejecutada por ángeles y santos.

La danza puede tornarse en oración que se exprese con un movimiento que implique todo el ser, alma y cuerpo. Generalmente, cuando el espíritu se eleva a Dios en oración, también involucra al cuerpo.

Se puede hablar de la oración del cuerpo. Éste puede expresar su alabanza o su petición con movimientos, igual a como se dice de las estrellas que con su movimiento alaban al Creador (Cfr. Baruc 3, 34). Varios ejemplos de este tipo de oración existen en el Antiguo Testamento.

Esto es especialmente cierto para los pueblos primitivos. Ellos expresan su sentimiento religioso con movimientos rítmicos. Entre ellos, en cuestión de adoración, la palabra hablada se hace un canto, y el gesto de ir o caminar hacia la divinidad se transforma en un paso de danza.

Entre los Padres y escritores eclesiásticos y en los textos conciliares hay mención de la danza, una evaluación de ésta, un comentario sobre el texto bíblico en que hay una alusión a la danza; más frecuentemente hay una condenación de las danzas profanas y los desórdenes a los que dan origen las danzas.

En textos litúrgicos, hay en ocasiones alusiones a la danza de los ángeles y elegidos en el paraíso (Cfr. “Entre los lirios que alimentas, rodeados por grupos de vírgenes que danzan”) para expresar el “gozo” y el “júbilo” que caracterizarán la eternidad.

 Danza y Alabanza

La danza nunca ha sido una parte integral de la alabanza oficial de la Iglesia Latina. Si las iglesias locales han aceptado la danza, algunas veces incluso en la construcción de la iglesia, ha sido en la ocasión de fiestas para manifestar sentimientos de gozo y devoción. Pero eso siempre tuvo lugar fuera de los servicios litúrgicos.

Las decisiones conciliares han condenado a menudo la danza religiosa porque conduce poco a la alabanza y porque podría degenerar en desórdenes.

Actualmente, en favor de la danza en la liturgia, se podría obtener un argumento del pasaje de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, en que se dan las normas para la adaptación de la liturgia al carácter y tradiciones de los varios pueblos:

“La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia; por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se pueda armonizar con su verdadero y auténtico espíritu.” [1]

Teóricamente, podría deducirse de este pasaje que ciertas formas de danza y ciertos patrones de danza podrían introducirse al culto Católico. Sin embargo, no puede prescindirse dos condiciones.

La primera, que en la medida en que el cuerpo es reflejo del alma, danzar, con todas sus manifestaciones, tendría que expresar sentimientos de fe y adoración para volverse una oración. La segunda condición es que así como todos los gestos y movimientos encontrados en la liturgia son regulados por la autoridad eclesiástica competente, así también la danza como un gesto tendría que estar bajo su disciplina. Concretamente, hay cultura en que esto es posible en tanto danzar refleje aún los valores religiosos y se vuelva una clara manifestación de ellos. Tal es el caso de los Etíopes. En su cultura, incluso hoy, existe la danza religiosa ritualizada, claramente distinta a la danza marital y a la danza amorosa. La danza ritual es realizada por sacerdotes y levitas antes de empezar una ceremonia y en descampado se encuentran en frente a la iglesia. La danza acompaña el canto de salmos durante la procesión. Cuando ésta entra a la iglesia, entonces el cántico de salmos se lleva a cabo con, y es acompañado por, el movimiento corporal.

Esto mismo se encuentra en la liturgia Siria, por medio del cántico de salmos. En la liturgia Bizantina hay una danza extremadamente simplificada en ocasión de una boda, cuando los esposos hacen un movimiento circular alrededor del ambón junto con el celebrante.

Tal es el caso de los Israelitas: en la sinagoga su oración es acompañada por un continuo movimiento para recordar el precepto de la tradición: “Cuando ores, hazlo con todo tu corazón y todos tus huesos”. Y la misma observación puede hacerse para los pueblos primitivos.

No obstante, el mismo criterio y juicio no puede aplicarse en la cultura occidental. Aquí la danza está vinculada con el amor, la diversión, la profanidad, el desenfreno de los sentidos; tal danza, en general, no es pura. Por esa razón no puede introducirse en las celebraciones litúrgicas de ningún tipo: eso sería introducir en la liturgia uno de los elementos más desacralizados y desacralizantes, y así sería equivalente a crear un ambiente de profanidad que recordaría con facilidad a los presentes y participantes los lugares y situaciones mundanos de la celebración.

Tampoco puede aceptarse la propuesta de introducir en la liturgia el así denominado ballet artístico [2] porque habría también en este caso un espectáculo al cual se asistiría, mientras que en la liturgia una de las normas de las cuales no se puede prescindir  es aquella de la participación.

Por tanto, hay una gran diferencia en las culturas: lo que se recibe bien en una cultura puede no tomarse por la otra. La reserva tradicional de la seriedad del culto religioso, y en particular del culto Latino, nunca debe olvidarse. Si la propuesta de la danza religiosa en Occidente debe realmente ser acogida, deberá tenerse cuidado que en su consideración debe hallar un sitio fuera de la liturgia, en áreas de asamblea que no sean estrictamente litúrgicas. Aún más, los sacerdotes deben siempre excluirse de la danza.

Podemos recordar cuánto se logró de la presencia de los Samoanos en Roma para el festival misionero de 1971. Al final de la Misa, realizaron su danza en la plaza de S. Pedro: y todos estuvieron alegres.

 Notas:

[1] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, n. 37.

[2] A favor de la inserción de la danza artística en la liturgia, también puede hacerse referencia del texto de Gaudium et Spes, ns. 53, 57, 58. No obstante, los textos citados hablan de la manifestación de la cultura en general, y del arte que se eleva con la verdad y belleza. No hablan de la danza de manera específica. Danzar también puede ser un arte. Sin embargo, no puede decirse que los Padres conciliares, al hablar del arte en el Concilio, tuvieran “en mente” también la realidad de la danza.

El n. 62 de tal constitución, Gaudium et Spes, no puede apelarse a esta instancia. Cuando tal número habla de las formas artísticas y su importancia en la vida de la Iglesia, pretende hacer referencia a las formas artísticas relacionadas con accesorios sagrados. La contraprueba se encuentra en los textos citados en la nota al pie: artículo 123 de la Constitución sobre la Liturgia y la alocución de Paulo VI a los artistas en Roma en 1964 (735).


[1] Este ensayo apareció en “Notitiae” 11 (1975), 202-205, y es denominado como un “escrito calificado y autoritativo”, que según la congregación, debería ser considerado un “punto autoritativo de referencia para cada discusión sobre el asunto”. Sin embargo, no es obligatorio, ni está firmado.