La rosa más bella

por Andrea María Reyes Pérez

La Mochila de Jesús

       Hace unos doscientos años, existió una familia que se dedicaba a la siembra de flores; eran las flores más bellas y hermosas que se hayan sembrado alguna vez en este planeta, sus colores eran tan intensos que le hacían competencia al mismo arco iris y sus aromas perfumaban todo el valle y la pradera.

Cierto día empezó una terrible sequía y los cultivos de flores pronto empezaron a marchitarse. Todos en la familia estaban muy preocupados, pues si la sequía persistía pronto estarían sin trabajo y no tendrían para subsistir.

Un día el abuelo, quien era un hombre muy creyente, pidió a sus hijas y a su nieto que se reunieran con él para ofrecerle a la Santísima Virgen el Santo Rosario.

 - Vamos todos a rezar el Santo Rosario y pidámosle a nuestra madre santa que nos ayude para que la sequía termine.

 Dijo el abuelo, sin embargo el nieto se negó, pues no creía que una oración fuera suficiente para terminar con un problema climatológico.

 - Yo no creo que con rezar un ave maría y un padre nuestro logremos hacer que llueva... El clima no va a cambiar, ¡se necesitaría un milagro! Y los milagros no existen...

 Dijo el joven tratando de retar al abuelo, pero él no hizo caso y empezó a rezar con mucho fervor el Santísimo Rosario. Pronto sus hijas al ver el ánimo con que el abuelo rezaba empezaron a unirse a él y lo acompañaban todos los días a rezar varias veces el Rosario.

Pasaron varios días y aún el clima seguía seco, todos estaban empezando a desfallecer y hasta algunos creyeron que lo que decía el joven era cierto. Pero como nada es imposible para nuestra Divina Señora, cada vez que la familia se reunía a rezar, el joven veía cómo se llenaban de vida nuevamente las flores ya marchitas por el sol.

 - ¡No puede ser! Cada vez que el abuelo reza el Santo Rosario vuelven a vivir las flores... pero no me gustaría darle la razón al abuelo... ¡Los milagros no existen!

 Una noche el joven se encontraba en la pradera seca ya, tratando de darle una explicación a las cosas que veía. En ese momento llegó el abuelo y le dijo:

 - ¿Aún no encuentras la respuesta para tu pregunta, hijo?

 El joven desconcertado por lo que decía el anciano respondió:

 - Abuelo, sé que no he creído en lo que nos dijiste cuando empezó la sequía; pero cada vez que tú rezas el rosario algo raro ocurre y estoy por creer que en verdad se trata de un milagro.

- ¿Es un misterio, verdad?, respondió el abuelo. Un día mi madre me contó una historia muy bonita...

- ¿Cuál? Puedes contármela, prometo no burlarme ni decir que estás loco.

- A mí, como a ti, no me gustaba rezar el rosario. Sin embargo, un día mamá me contó una historia que jamás podré olvidar. Me dijo que cada vez que rezábamos un Ave María le estábamos regalando una rosa a la Santísima Virgen. Y cada vez que rezábamos un rosario, estábamos colocando sobre las cabezas de Jesús y de María una guirnalda conformada por 156 rosas blancas y 16 rojas, las cuales nunca perderían su brillo.

- ¿Y tú crees en ese cuento?

- Lo único que sé es que a partir de ese momento empecé a sembrar flores, y cada vez que tu abuela y yo rezábamos, las flores eran más bellas aún.

 El abuelo se fue del lugar para dejar pensando un poco a su nieto. El joven reflexionó mucho sobre las palabras del abuelo y también pensaba en lo que veía cada vez que la familia rezaba el rosario.

Al otro día, al empezar la mañana el joven se levantó con gran entusiasmo y le pidió a toda la familia que rezaran el rosario con toda la fe.

 - ¡Vamos todos! Levántense, hay que rezar el rosario.

 Todos quedaron muy sorprendidos al ver el entusiasmo con que había dicho el joven que rezaran.

 - ¿Hijo, estás bien, o te estás burlando de nosotros?

 Dijo la madre del joven.

 - ¡No, madre! Hablo muy en serio. Es más, vamos a ofrecer a la Santísima Virgen todas las rosas que produzca el cultivo de flores.

 A los pocos días comenzó a llover justo en el valle y en la pradera, mientras el resto del país sufría una fuerte sequía. Meses después el cultivo de flores estaba nuevamente cargado de mil colores. Pero las flores que más resplandecían eran las rosas, las cuales eran recogidas con mucho cuidado y ofrecidas a la Santísima Virgen en acción de gracias por los favores recibidos.

Así, una vez más se comprobó la historias de San Luis Grignion, quien decía que cada vez que rezamos un Ave María, una rosa sale de nuestra boca, los ángeles las recogen una tras otra y forman la corona de rosas celestes más hermosas, para luego colocarlas sobre las cabezas de Jesús y María. Por eso la rosa es la reina de las flores, como el rosario la primera de las devociones.

 Andrea María Reyes Pérez